12 de junio de 2011

La Caja de Música

                La sala, sin ser demasiado grande, era un espacio amplio. De techos altos, como es usual en antiguas construcciones. A pesar de que tenía las persianas entrecerradas, entraba suficiente luz; pero no tanta como para impedir ver con detalle todos los objetos que allí se hallaban y, al mismo tiempo, no permitía mirada alguna desde el exterior.

            Era una de esas tardes de comienzos de la primavera, si así se pudiera denominar esa época del año en estas latitudes. Había un sol deslumbrante y se lograba adivinar el calor en la calle; sin embargo, gracias a las persianas, el apartamento estaba bien iluminado y fresco.

            Fer se encontraba sentado en uno de los pocos muebles que había en la sala. A pesar de su amplitud, el mobiliario era, apenas, un sofá, dos butacas y una gran mesa de centro cuadrada; una estantería en la que se encontraba el televisor, el equipo de sonido, los CDs y unos pocos libros. Todo ordenado; todo en su sitio. A Fer le encantaba, como en efecto hacía esa tarde, sentarse a leer en el sofá: allí se sentía más cómodo, más libre; si le apetecía, podía echarse y proseguir con su lectura o, simplemente, tomar una siesta.

            Fer era un hombre ya en sus 50; de estatura promedio, ancho de hombros y de contextura fuerte. Su cabello, negro, ya mostraba incipientes canas. Aunque dedicado a otro oficio, sus manos seguían luciendo como manos de músico, vocación y profesión que ejerció durante unos cuantos años, hasta que, por causas ajenas a su voluntad, debió dejarla.

Esa tarde, ya lo hemos dicho, se encontraba en el sofá, leyendo uno de sus libros favoritos. Para leer se quitaba los lentes, pero, a pesar de que se le desdibujaban muchos detalles de su sala, podía ver con claridad su mesa de centro, en la cual sólo había dos objetos: un cenicero y una caja de música.

¿Por qué tenía una caja de música justo en esa mesa? Era uno de esos objetos que lo habían acompañado durante años y, no encontrándole una mejor ubicación, lo colocó en la mesa de centro de la sala. Con los años, se fue habituando a ver esa pequeña caja en ese lugar y llegó, se podría decir, a encariñarse con ella. La caja de música no tenía nada de especial: un pequeño cubo de madera, coronado por una bailarina de porcelana. De vez en cuando, le daba cuerda y escuchaba la música, uno de esos típicos valses de organillero, y se quedaba observando a la pequeña bailarina dar vueltas y vueltas...

En una pausa en la lectura, Fer sintió algo de fatiga en la vista, reclinó la cabeza y cerró los ojos. Sin saber cuánto tiempo había transcurrido, sintió que todo el lugar, todos los objetos se agrandaban y, sin saber cómo, se encontró de pie en la mesa de centro. En lo primero que fijó su mirada fue en la caja de música. Estaba absolutamente asombrado y no podía creer lo que estaba viendo. La caja parecía, desde donde él estaba, una especie de escenario y Maia, como había nombrado a la bailarina, era una chica de tamaño natural.

Incrédulo, asombrado, se acercó poco a poco a la caja y notó que Maia sonreía. Era una de esas sonrisas alegres, inocentes, con un toque de picardía. Por primera vez pudo detallar a su pequeña bailarina. Un poco más baja que él; joven, aparentaba estar cerca de los 30 años; lindo rostro, cabello oscuro, una figura delgada y bien formada. Y la sonrisa. Fer se sintió cautivado, intrigado, atónito, pero no se atrevió a dar un paso más y acercarse a ella. Maia, a su vez, no dejaba de mirarlo y de sonreírle.

Ya atardecía y, con la proximidad del ocaso, comenzó a refrescar un poco más. De pronto, se coló por entre las persianas una leve ráfaga de brisa; una brisa cálida pero, al mismo tiempo refrescante. Maia miró hacia la ventana, mientras Fer no dejaba de mirarla a ella. Extrañamente, la brisa no cesaba, no variaba su intensidad: era como si hubiesen encendido un ventilador. Se sentía  agradable y tenía la fuerza, la intensidad suficiente para mover el vestido de Maia y, asombrosamente, irlo levantando poco a poco, como si estuviese controlado por unos hilos.

Fer tenía su mirada fija en Maia: no podía dejar de mirarla y de observar lo que la brisa iba dejando al descubierto. Lentamente, pudo contemplar sus tobillos, sus piernas, sus rodillas, sus muslos. Era unas piernas hermosas, perfectas; de líneas suaves y en las que se podía notar su firmeza. Piernas de mujer, de mujer joven.

De repente, quedó sorprendido al observar algo: debajo de su vestido de bailarina, Maia no llevaba prenda alguna. Fer quiso acercarse pero se sentía como paralizado. La verdad, no sabía qué hacer. Y Maia no dejaba de sonreír. De sonreírle. Y por primera vez escuchó su voz:

-         ¿Te gusto?

Fer, con voz entrecortada, con un hilo de voz, se animó a responderle:

-         Sí. Mucho.
-         Acércate, entonces. – le dijo ella.

Con pasos  vacilantes, Fer se fue acercando a Maia. No dejaba de contemplar sus piernas, su pubis desnudo, adornado únicamente por una fina línea de vello.

-         ¿De verdad te gusto? – volvió a preguntar.

Fer apenas atinó a afirmar con su cabeza. Estaba encantado con la sublime belleza de Maia; sorprendido con ese atrevimiento, casi inocente, de su desnudez. Lentamente, llegó hasta ella. Se detuvo y la miró a los ojos. Maia no dejaba de sonreír. Luego, con toda la calma del mundo, se dio vuelta y levantó su cabello. Fer, instintivamente, se acercó y colocó sus manos sobre aquellos hombros desnudos. Maia alzó aún más el cabello e inclinó su cabeza al frente. Fer entendió de inmediato.

Nervioso, casi tembloroso, bajó la cremallera del vestido y comenzó a deslizarlo hacia los hombros para, luego, dejarlo caer. Fascinado, contempló la espalda de Maia, bella, suave; y en la curva final, admiró unas bellísimas nalgas, redondas y firmes; y en la última caída, la parte posterior de los muslos y las piernas de Maia, la bailarina.

Inexplicablemente, comenzó a sonar música; no la típica música de esas cajas, sino algo diferente: una especie estilizada de tango: una melodía muy sensual, muy sexual; una invitación clara y directa a hacer el amor.

Fer tomó a Maia por los hombros y la hizo darse la vuelta. Contempló sus ojos oscuros, bellos, y su permanente sonrisa. Se dejó caer de rodillas y comenzó a acariciar y a besar las piernas de Maia: lentamente, fue subiendo desde los tobillos, sin dejar de tocar, besar, saborear cada centímetro de su piel; sintió la firmeza de las piernas y los muslos, la suavidad de su piel; sintió un sabor que le recordaba a la canela: estimulante, agradable...

Levantó la cara, buscando el rostro de Maia: y allí seguía: sonriente, pero con algo más en la sonrisa: una gran excitación, un gran deseo. Desde donde se encontraba, Fer detalló el vientre de Maia, plano y suave, y observó sus senos: pequeños, bellos y firmes, coronados por pezones claros, erectos por la excitación. Fer subió sus manos y comenzó a juguetear con ellos. Le excitaba sentir esa firmeza en los senos, la dureza de los pezones.

Bajó sus manos por los costados de Maia, acariciándolos hasta llegar a sus caderas. Se irguió un poco para colocar su cara entre los bellos senos de Maia y comenzó a besarlos, a jugar con sus pezones con pequeños y delicados mordiscos; su lengua, inquieta, no dejaba se saborearlos. Así, lentamente, fue bajando hacia su vientre, mientras sus manos no dejaban de rozar los costados y las caderas de su bella bailarina.

De pronto, como si no pudiera resistir a la fuerza del sexo, bajó su cara y la hundió entre los muslos de Maia, mientras sujetaba sus nalgas con firme suavidad. Sintió, más que escuchó, el gemido de placer de Maia cuando, ávido, comenzó a explorar su vulva con sus labios y su lengua.

Ya con las piernas entreabiertas, Maia sujetó con firmeza la cabeza de Fer, hundiéndola en su humedad, en su sexo ansioso de sentir, de disfrutar. Fer no podía detener ni sus manos ni su boca: era como si una fuerza ajena lo impulsara a buscar y a dar placer. Sentía que se embriagaba con la humedad de mujer de su Maia y no quería dejar de beber.

Las respiraciones eran agitadas: la de Fer, en su búsqueda de complacer a Maia, buscando en todos los rincones de su cuerpo aquellos lugares que la excitasen más, que le generasen más placer; la de Maia, porque sentía acercarse un estallido, una sensación que no podría ni querría controlar.

Repentinamente, Fer abrió los ojos. Quiso estirar la mano hacia donde estaban sus cigarrillos, pero se encontró con que en realidad no estaba en el sofá. Se dio cuenta de que estaba de rodillas y, frente a él, el cuerpo desnudo de Maia. Sonrió e hizo la única cosa que podía y quería hacer. Volvió a besar, a saborear la vulva, el clítoris de Maia y, poco a poco, se fue poniendo de pie; y mientras se despojaba de su ropa, no dejaba de acariciar el sexo de Maia.

 Así, al compás de aquella especie de tango, Maia levantó una de sus piernas hasta la cintura de Fer y, estando ambos de pie, éste entró en ella y comenzaron a girar y girar y girar, en un baile orgásmico infinito, eterno...

Agradecimientos: A ti, bella Maia, por la inspiración. A ti, mi preciosa amiga y compañera de escritos, @PattyLaGodiva, por tus magníficas observaciones.

17 de abril de 2011

Nada más un paseo

            A veces es agradable perderse entre la gente; caminar por las calles repletas de personas tan anónimas como uno mismo: no soy nadie. Calles llenas de buhoneros, gritos, ruidos; algún que otro insulto, rara vez una risa, una carcajada. A veces es bueno sentir ese característico olor a basura que emana de cuanto rincón transites: vivimos en una ciudad sucia, Hell City, y lo normal es el hedor a muerte: es posible encontrarla a cada paso; nunca sabes si serás el próximo.

            Está atardeciendo y sólo deseas ver ese sol rojizo, contaminado, típico de este lugar; pero los edificios cubren todo el horizonte. Sólo quieres ver ese sol y maldices. No hay forma. Te vas tropezando con los transeúntes, casi tienes que saltar por encima de los puestos de estos benditos vendedores ambulantes que ocupan todo espacio vacío en cada una de las aceras. Estás en el centro, ¿qué esperabas?

            Parece un mundo distinto al tuyo: los sonidos que te llegan reguetón-merengue-vallenato-cumbia-ranchera no son los que te pertenecen; escuchas voces que cantan de manera distinta las palabras. Estás en un lugar distante, lejano, casi exótico: eres un extranjero en tu tierra. ¿Y qué esperabas? Le abrimos la puerta a todo el mundo y, en los años de bonanza, todos querían disfrutar de las presuntas bondades del dinero fácil. Llegaron y se quedaron. Y ahora que quieren, no pueden salir.

            En medio de todo aquel pandemonium, logras ver algún que otro rayo de sol: era lo que querías, era lo que buscabas. Rojizo, mal delineado, rodeado de una espesa bruma de humo. ¿Ya te dije que estamos en el centro? Caminas porque no quieres hacer otra cosa: ¡cómo te gustaría perderte y no encontrar el camino de regreso al horror que vives día tras día tras día! Alguien dijo que el infierno estaba en la tierra. Y lo está: Caracas – Hell City.

            Cuando al fin llegas a una plaza, ¡maldita sea!, los árboles, hermosos, frondosos, vivos, llenos de ramas gruesas y hojas enormes, te dejan apenas entrever el sol. ¡Es que estás buscando el sol! No buscas el sol por casualidad; esperas encontrar en él una respuesta a tus dudas, a tus temores, al pánico que te está atando, amarrando y no te suelta; no te deja respirar. Buscas alivio en ese sol de ciudad, turbio, opaco.

            La gente te agobia: hay demasiada en las calles. Quisieras que desaparecieran, que te dejaran vía libre para poder llegar a ese lugar que anhelas. Pero te tropieza, te empuja; te insulta si ofreces disculpas. Es rara la manera de mirar de la gente. Te observan como si fueras de otra galaxia, muy distante; no son capaces de ver que estás en ese pedazo de tierra que te pertenece; no se dan cuenta de que casi todos ellos son de otros rumbos.

            Te estaba esperando. Sí, a ti. El viaje hacia el sol no se puede hacer, no se debe hacer en solitario: te perderías en su luz. Necesitas otra luz que compense, que dé balance. ¿Tu cabello? ¡Ciertamente! Es mil veces más luminoso que el sol. ¿Tu sonrisa? Franca, abierta, hermosa; es un millón de veces más luminosa que ese círculo rojizo que contemplas ya, nítidamente, en las alturas.

            Quisiera que la gente se fuera y dejara vacías las calles: así se podrían inventar nuevos caminos. Porque, ¿cómo puedes crear un nuevo mundo, un espacio vital en el que sólo caben dos, si te rodea una masa que no tiene ni forma ni esencia? Sólo gritos, hedores, palabras destempladas, risas hipócritas, fingidas. Pero no quieres volver a tu celda.

            Las ventanas parecen vacías; cuencas que perdieron los ojos hace miles de años y que, sin embargo, pueden dar paso a la luz. Tal como siempre hicieron. Los portales están llenos de mendigos: hombres ebrios, niños desamparados, mujeres embarazadas. Y a esto lo llaman vivir.

            A pesar de todo, es agradable perderse entre la gente y formar parte de esa mezcla de la cual no se saca nada. Improductiva, estéril. Pero no quieres pensar, ¿qué le vamos a hacer? Lo único que deseas es ese anonimato que te permitiría, si quisieras, decir cuanta atrocidad viniera a tu mente. Pero también podrías decir palabras de amor. Extemporáneas, desubicadas: aquí sólo hay lugar para el grito, para el odio.

            Tenerte al lado para esta travesía es importante: se necesita una brújula, un timonel, alguien capaz de hacer que saques fuerzas de donde no hay y, al mismo tiempo, provocar la mejor de tus sonrisas.

            ¿Por qué tienen que importar tanto cosas tan absurdas? ¿Acaso no oyen los gritos? Gritos sordos, silenciados por conceptos que sólo funcionan para brindar infelicidad. El deber ser. El deber estar. Las apariencias. Porque no son ellos quienes viven la infelicidad; no son ellos quienes viven la angustia; no son ellos quienes sufren la desesperación; no son ellos quienes van a ahogar el dolor con comida, con bebida. Porque no son ellos quienes terminan en la morgue con dos frascos de barbitúricos en el estómago, o dos cortes limpios en las muñecas, o un salto al vacío, o un disparo en la sien.

            No son ellos.

            Vas rumbo al sol y sólo alcanzas a ver su turbia corona. La maraña de edificios, implacable, y la gente, egoísta, te impiden ver más. Pero aun con paso incierto buscas ese brillo que vitaliza, que rejuvenece, que renueva. ¡Busca el sol! En algún lugar te estén esperando hombros fuertes para elevarte y sostenerte y, así,  más allá de las mezquindades humanas y su paradójica luz opaca, poder contemplar su brillo en plenitud; un brillo que sólo se compara al tuyo.

            El camino de regreso es lento. Te ha agotado tanta miseria humana, tanto concreto, tanto humo. Pero has logrado tu objetivo: a la altura de esos hombros que encontraste y sobre los que vas haciendo el recorrido, lograste ver la silueta rojiza del astro de luz. Vas sobre esos hombros que apenas vas conociendo, pero que te dicen sin la más mínima duda, sin palabras, que puedes confiar en ellos para acompañarte, para llevarte en ese otro camino, más duro, más difícil, que algunos llamamos vida.

17 de abril de 2005

Dilema

No puedo dejar de preguntarme qué pasó y qué está pasando. ¿Llegó alguien? No lo sé. Quizás estoy viendo lo que quiero ver y no lo que sucede delante de mí. Hay que confiar. ¿Hay que confiar? Es que si no confías, ¿adónde vas, adónde llegas? Me pasan demasiadas cosas por la cabeza: siento temor, no desconfianza; he averiguado cosas y tengo algunas respuestas; no todas las que quisiera, porque me gustaría tenerlas todas; pero sí algunas. ¿Y si me he equivocado? No hay forma de saberlo sino sólo al final del camino. Y al llegar al final, ¿no será demasiado tarde?, ¿no habría sido mejor no abrir nuevamente la puerta? Lo que pasa es que quiero abrir la puerta: la prisión interna es el enemigo público número uno de la libertad. ¿Felicidad? No pido tanto: sólo pido paz.

3 de abril de 2005

¿Adiós?

Más de un mes sin venir. Un poco más que tu silencio después de un lacónico "gracias". Asumo que es una despedida. ¿Definitiva? Tal vez. No tengo forma de saberlo: el silencio es la respuesta. Habrá que salir adelante, continuar el camino. La vida ni comienza ni termina allí: quizás llegue alguien; quizás ya llegó. ¿Hay forma de saberlo? Tiempo. Hacerse ilusiones es lo peor que puede suceder a estas alturas: pierdes el control de tu pensamiento, y las emociones pueden jugar una mala pasada. Por cierto, no soy pesimista; lo único que quiero es vivir día a día y descifrar los mensajes cotidianos. Quizás llegue alguien. Quizás ya llegó.

27 de febrero de 2005

Soledades

Es que no tengo vida, ¿sabes? Tener tantos días sin saber de ti, enloquece: eres mi droga: dependo de ti.
Me esfuerzo por concentrarme en lo que tengo que hacer: nada; hay un pensamiento, un recuerdo que se apodera de mi voluntad y, por más que lo intente, no es posible mantenerlo a una distancia razonable mientras trabajo, mientras converso, mientras trato de dormir.
Ya ni quiero dormir.
Me lleno de imágenes reales, vividas y vívidas: un 11 de junio de reencuentro, un lugar precioso; quizás no precioso, pero sí agradable; el temor a cómo sería todo diez años después: una eternidad sin tenerte, una vida.
Quiero imágenes nuevas, creadas a dúo; un concierto a cuatro manos y dos bocas; roces bajos, en el centro de la vida, de placer y más placer.
Me muero por verte. Me muero...

19 de febrero de 2005

Conexiones

acostumbras¿Sabes? Ése, aquél, también. Dos días sin móvil (aunque no por falla tecnológica; hay que admitirlo), y ya tres días sin computadora gracias a los piratas modernos, los que no abordan barcos sino que se apoderan de tu máquina y, si no hallan nada de valor, te la envenenan e inutilizan. Y ése, aquél, sin saber de ti; muriéndose por ti, por tu voz, por tus palabras, por tus textos.
¡Viva la tecnología, ¿no?!
Ése, aquél, se muere cuando no estás. Ése, aquél, se muere por verte, leerte, escribirte, tocarte, besarte, hacerte el amor.
Ése, aquél...

16 de febrero de 2005

¿Intentos o...?

Hay expresiones interesantes. "¿Me permites intentarlo?", por ejemplo. Giro retórico: lo estoy intentando; ¿para qué pregunto? Otra pregunta: "¿Me estás reconquistando?". Esto sí puede ser interesante, porque, al menos, siembra dudas. ¿La estaré reconquistando? ¿O la pregunta real es si lo estoy intentando? ¡Vaya a saber!
En ningún caso quiero parecer cínico o despectivo; tampoco estoy rompiendo ningún código de privacidad: total, nadie sabe de quién se puede tratar: es mi secreto. Y el tuyo.
Por cierto, hablando de códigos, el 24-F hay cita médica. ¿Lo tomarás como un reto, como un irrespeto o como una tentación?
Espero que sea lo último. Y que caigas en ella.

12 de febrero de 2005

Sin esas palabras

Labios sellados. ¿Labios sellados? No será por temor a pronunciar esas palabras, sino por lo que ellas implican. No será por prejuicio lexical, sino por su contenido comprometedor. ¿Temes comprometerte? No: el compromiso implícito en ellas ya está allí, existe: lo sabemos.

Meses y meses pronunciándolas de labios sellados hacia adentro: dos pares de labios sellados; un par por distancia, el otro por castigo. Aunque en esas palabras no hay distancia, no hay castigo.

¿Querrás romper el sello? ¿Querrás decirlas? Porque sin esas palabras, el ser no es ser, el nosotros no existe.

La vida no es vida.

8 de febrero de 2005

Preguntas

¿Será posible ver lo que se oculta?
¿Será posible tocar un sentimiento?
¿Será posible saborear lo etéreo?
¿Será posible oler una imagen?