La sala, sin ser demasiado grande, era un espacio amplio. De techos altos, como es usual en antiguas construcciones. A pesar de que tenía las persianas entrecerradas, entraba suficiente luz; pero no tanta como para impedir ver con detalle todos los objetos que allí se hallaban y, al mismo tiempo, no permitía mirada alguna desde el exterior. Era una de esas tardes de comienzos de la primavera, si así se pudiera denominar esa época del año en estas latitudes. Había un sol deslumbrante y se lograba adivinar el calor en la calle; sin embargo, gracias a las persianas, el apartamento estaba bien iluminado y fresco.
Fer se encontraba sentado en uno de los pocos muebles que había en la sala. A pesar de su amplitud, el mobiliario era, apenas, un sofá, dos butacas y una gran mesa de centro cuadrada; una estantería en la que se encontraba el televisor, el equipo de sonido, los CDs y unos pocos libros. Todo ordenado; todo en su sitio. A Fer le encantaba, como en efecto hacía esa tarde, sentarse a leer en el sofá: allí se sentía más cómodo, más libre; si le apetecía, podía echarse y proseguir con su lectura o, simplemente, tomar una siesta.
Fer era un hombre ya en sus 50; de estatura promedio, ancho de hombros y de contextura fuerte. Su cabello, negro, ya mostraba incipientes canas. Aunque dedicado a otro oficio, sus manos seguían luciendo como manos de músico, vocación y profesión que ejerció durante unos cuantos años, hasta que, por causas ajenas a su voluntad, debió dejarla.
Esa tarde, ya lo hemos dicho, se encontraba en el sofá, leyendo uno de sus libros favoritos. Para leer se quitaba los lentes, pero, a pesar de que se le desdibujaban muchos detalles de su sala, podía ver con claridad su mesa de centro, en la cual sólo había dos objetos: un cenicero y una caja de música.
¿Por qué tenía una caja de música justo en esa mesa? Era uno de esos objetos que lo habían acompañado durante años y, no encontrándole una mejor ubicación, lo colocó en la mesa de centro de la sala. Con los años, se fue habituando a ver esa pequeña caja en ese lugar y llegó, se podría decir, a encariñarse con ella. La caja de música no tenía nada de especial: un pequeño cubo de madera, coronado por una bailarina de porcelana. De vez en cuando, le daba cuerda y escuchaba la música, uno de esos típicos valses de organillero, y se quedaba observando a la pequeña bailarina dar vueltas y vueltas...
En una pausa en la lectura, Fer sintió algo de fatiga en la vista, reclinó la cabeza y cerró los ojos. Sin saber cuánto tiempo había transcurrido, sintió que todo el lugar, todos los objetos se agrandaban y, sin saber cómo, se encontró de pie en la mesa de centro. En lo primero que fijó su mirada fue en la caja de música. Estaba absolutamente asombrado y no podía creer lo que estaba viendo. La caja parecía, desde donde él estaba, una especie de escenario y Maia, como había nombrado a la bailarina, era una chica de tamaño natural.
Incrédulo, asombrado, se acercó poco a poco a la caja y notó que Maia sonreía. Era una de esas sonrisas alegres, inocentes, con un toque de picardía. Por primera vez pudo detallar a su pequeña bailarina. Un poco más baja que él; joven, aparentaba estar cerca de los 30 años; lindo rostro, cabello oscuro, una figura delgada y bien formada. Y la sonrisa. Fer se sintió cautivado, intrigado, atónito, pero no se atrevió a dar un paso más y acercarse a ella. Maia, a su vez, no dejaba de mirarlo y de sonreírle.
Ya atardecía y, con la proximidad del ocaso, comenzó a refrescar un poco más. De pronto, se coló por entre las persianas una leve ráfaga de brisa; una brisa cálida pero, al mismo tiempo refrescante. Maia miró hacia la ventana, mientras Fer no dejaba de mirarla a ella. Extrañamente, la brisa no cesaba, no variaba su intensidad: era como si hubiesen encendido un ventilador. Se sentía agradable y tenía la fuerza, la intensidad suficiente para mover el vestido de Maia y, asombrosamente, irlo levantando poco a poco, como si estuviese controlado por unos hilos.
Fer tenía su mirada fija en Maia: no podía dejar de mirarla y de observar lo que la brisa iba dejando al descubierto. Lentamente, pudo contemplar sus tobillos, sus piernas, sus rodillas, sus muslos. Era unas piernas hermosas, perfectas; de líneas suaves y en las que se podía notar su firmeza. Piernas de mujer, de mujer joven.
De repente, quedó sorprendido al observar algo: debajo de su vestido de bailarina, Maia no llevaba prenda alguna. Fer quiso acercarse pero se sentía como paralizado. La verdad, no sabía qué hacer. Y Maia no dejaba de sonreír. De sonreírle. Y por primera vez escuchó su voz:
- ¿Te gusto?
Fer, con voz entrecortada, con un hilo de voz, se animó a responderle:
- Sí. Mucho.
- Acércate, entonces. – le dijo ella.
Con pasos vacilantes, Fer se fue acercando a Maia. No dejaba de contemplar sus piernas, su pubis desnudo, adornado únicamente por una fina línea de vello.
- ¿De verdad te gusto? – volvió a preguntar.
Fer apenas atinó a afirmar con su cabeza. Estaba encantado con la sublime belleza de Maia; sorprendido con ese atrevimiento, casi inocente, de su desnudez. Lentamente, llegó hasta ella. Se detuvo y la miró a los ojos. Maia no dejaba de sonreír. Luego, con toda la calma del mundo, se dio vuelta y levantó su cabello. Fer, instintivamente, se acercó y colocó sus manos sobre aquellos hombros desnudos. Maia alzó aún más el cabello e inclinó su cabeza al frente. Fer entendió de inmediato.
Nervioso, casi tembloroso, bajó la cremallera del vestido y comenzó a deslizarlo hacia los hombros para, luego, dejarlo caer. Fascinado, contempló la espalda de Maia, bella, suave; y en la curva final, admiró unas bellísimas nalgas, redondas y firmes; y en la última caída, la parte posterior de los muslos y las piernas de Maia, la bailarina.
Inexplicablemente, comenzó a sonar música; no la típica música de esas cajas, sino algo diferente: una especie estilizada de tango: una melodía muy sensual, muy sexual; una invitación clara y directa a hacer el amor.
Fer tomó a Maia por los hombros y la hizo darse la vuelta. Contempló sus ojos oscuros, bellos, y su permanente sonrisa. Se dejó caer de rodillas y comenzó a acariciar y a besar las piernas de Maia: lentamente, fue subiendo desde los tobillos, sin dejar de tocar, besar, saborear cada centímetro de su piel; sintió la firmeza de las piernas y los muslos, la suavidad de su piel; sintió un sabor que le recordaba a la canela: estimulante, agradable...
Levantó la cara, buscando el rostro de Maia: y allí seguía: sonriente, pero con algo más en la sonrisa: una gran excitación, un gran deseo. Desde donde se encontraba, Fer detalló el vientre de Maia, plano y suave, y observó sus senos: pequeños, bellos y firmes, coronados por pezones claros, erectos por la excitación. Fer subió sus manos y comenzó a juguetear con ellos. Le excitaba sentir esa firmeza en los senos, la dureza de los pezones.
Bajó sus manos por los costados de Maia, acariciándolos hasta llegar a sus caderas. Se irguió un poco para colocar su cara entre los bellos senos de Maia y comenzó a besarlos, a jugar con sus pezones con pequeños y delicados mordiscos; su lengua, inquieta, no dejaba se saborearlos. Así, lentamente, fue bajando hacia su vientre, mientras sus manos no dejaban de rozar los costados y las caderas de su bella bailarina.
De pronto, como si no pudiera resistir a la fuerza del sexo, bajó su cara y la hundió entre los muslos de Maia, mientras sujetaba sus nalgas con firme suavidad. Sintió, más que escuchó, el gemido de placer de Maia cuando, ávido, comenzó a explorar su vulva con sus labios y su lengua.
Ya con las piernas entreabiertas, Maia sujetó con firmeza la cabeza de Fer, hundiéndola en su humedad, en su sexo ansioso de sentir, de disfrutar. Fer no podía detener ni sus manos ni su boca: era como si una fuerza ajena lo impulsara a buscar y a dar placer. Sentía que se embriagaba con la humedad de mujer de su Maia y no quería dejar de beber.
Las respiraciones eran agitadas: la de Fer, en su búsqueda de complacer a Maia, buscando en todos los rincones de su cuerpo aquellos lugares que la excitasen más, que le generasen más placer; la de Maia, porque sentía acercarse un estallido, una sensación que no podría ni querría controlar.
Repentinamente, Fer abrió los ojos. Quiso estirar la mano hacia donde estaban sus cigarrillos, pero se encontró con que en realidad no estaba en el sofá. Se dio cuenta de que estaba de rodillas y, frente a él, el cuerpo desnudo de Maia. Sonrió e hizo la única cosa que podía y quería hacer. Volvió a besar, a saborear la vulva, el clítoris de Maia y, poco a poco, se fue poniendo de pie; y mientras se despojaba de su ropa, no dejaba de acariciar el sexo de Maia.
Así, al compás de aquella especie de tango, Maia levantó una de sus piernas hasta la cintura de Fer y, estando ambos de pie, éste entró en ella y comenzaron a girar y girar y girar, en un baile orgásmico infinito, eterno...
Agradecimientos: A ti, bella Maia, por la inspiración. A ti, mi preciosa amiga y compañera de escritos, @PattyLaGodiva, por tus magníficas observaciones.